La política del corazón

Susana habla claro en el Parlamento regional. Pedro divierte en El Hormiguero y en Sálvame. La primera trata de convencer con un ritmo desenfrenado de afirmaciones políticas valientes y con sentido. El segundo se maneja últimamente en los escenarios populistas y de audiencia televisiva fácil y divertida. La presidenta de la Junta de Andalucía habla nítido contra la corrupción y contra la consulta en Cataluña. El secretario general del PSOE no cita nunca a Podemos y dice que va a conseguir que Bárcenas y Pujol devuelvan lo que se han llevado. Díaz parece la imagen de un socialismo con necesidad de cambio, nada pusilánime y con cintura para el regate corto, incluso dentro de casa. Sánchez es la marca joven aunque sobradamente preparada de un socialismo humanizado en medio de la travesía, en un camino lleno de polvo que no deja ver al enemigo real.

Definitivamente las cosas han cambiado. Está claro que la comunicación política precisa de nuevas estrategias que permitan alcanzar al ciudadano desafectado y harto de golfería pública. Pero en el caso que nos ocupa, ¿dónde está el término medio? No cabe la menor duda que Jorge Javier Vázquez llega más y mejor que Matías Prats, o dicho de otra manera, a la pipel le tiene y le entretiene mucho más lo que nos cuenta el primero que lo que nos cuenta el segundo. Pero lo cierto es que el argumento que manejan habitualmente no alcanza similares niveles de credibilidad. Imaginen el siguiente experimento: la tribu de los fuertes y los guapos de Sálvame en los sillones del Congreso con derecho a opinar, moderados por Jesús Posada, y los trajeados parlamentarios a las dos de la mañana en conversación amena con Belén Esteban y Paz Padilla. Llegar van a llegar, pero no sabemos cómo.

La política y la comunicación, ya está estudiado y dicho en otras ocasiones, precisan de puntos de encuentro, pero lógicos y basados en la transparencia informativa. Miren, yo me pregunto si Pedro Sánchez seguiría apareciendo en Sálvame si algún día alcanzara la presidencia del Gobierno. Y entonces, sin abandonar el futurible, me pregunto también si seguirían algunos periodistas de este país viendo normal y genial esta nueva estrategia de comunicación.

En Estados Unidos el presidente Obama baila en prime time y su esposa aparece en Barrio Sésamo, pero con gusto y gracia. Aquí, si les parece, nos inventamos algo nuevo. Y en esta columna, del PP ni hablamos.

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