La farola de Melilla

El drama de la inmigración es un hombre que espera solo, sentado a diez metros en lo alto de una farola apagada en la frontera entre España y Marruecos. La imagen es demoledora. El espectáculo es terrorífico. Y ahí está, apoltronado en muy pocos centímetros, con el culo medio fuera y sin respaldo, el inmigrante negro que representa desilusión, inconformismo, esperanza, fuerza, destino, desarraigo y diferencia. Delgado e impotente no quiere bajar porque no quiere regresar. Abajo están sus compañeros de salto, los que aún quedan allí, jaleándole y gritándole consignas de revolución y empeño. En Melilla, la ambulancia española está aparcada y los sanitarios que le van a curar las heridas de pie, mirándole. No puede más, se tambalea y cae deslizándose por la barandilla entre la niebla y las caras ya más tranquilas de los que presagiaban lo peor. Se acabó ese drama y mañana más: miles de inmigrantes esperan su oportunidad en los recovecos del monte Gurugú.

Ellos sobreviven en el bosque áspero esperando el momento; cameruneses, guineanos o malienses, entre muchos, en asentamientos con hogueras que parecen campos de refugiados. Y piensan que en España no harán daño a nadie. Y quieren soñar en un futuro europeo alejado de África donde no hay recursos y se vive mal, muy mal. Son, en definitiva, nombres y apellidos unidos por el sufrimiento anónimo.

Y la guardia civil, vigilantes verdes de ese drama negro, lo sabe y sufre como cualquier otro. Los agentes también anónimos siempre correctos pero siempre acusados porque son los obligados a estar y frenar, al igual que ahora en Madrid los azules de la policía nacional que controlan la movilización social contra las decisiones políticas más o menos acertadas.

Pero, ¿qué hacer para frenar la inmigración ilegal? Creo que únicamente a través de la colaboración entre continentes y la solidaridad –entendida como ayuda económica– con países de tránsito para el control de fronteras o con países de origen para políticas de prevención, será posible al menos minimizar este terrible problema. Y la solución no depende de España, sino de todos los países, porque en el siglo XXI todos somos inmigrantes.

 

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