Niño Miguel: Del olvido al homenaje

Miguel Vega de la Cruz se aferra a una guitarra celestial con tres cuerdas en un tablao de no sé dónde. Niño Miguel perdió la vida el pasado jueves en un hospital de Huelva. La última vez que le vi llevaba colgada una media sonrisa sin dientes, barba y los ojos cristal clavados en el infinito con las pupilas hundidas. En aquel bar abierto a la calle, situado al sur del sur, de cara a la iglesia de La Merced y sentado en la barra, se apoyó en el instrumento y escupió con maestría de genio el flamenco más puro, más preciso, más bello; el que gusta porque sí, porque no puede ser de otra manera.
El niño Miguel, calificado por Paco de Lucía como la mejor guitarra española de todos los tiempos, sobrevive en la Fnac de Madrid, en sus estanterías, en un CD escondido con cara de gitano adolescente; cara fresca y negro pelo. Allí lo compré hace poco: a 9,99 euros, o sea, a 10. El hijo del guitarrista Miguel el Tomate ha paseado siempre su arte natural y “diferente”.
Miguel Vega de la Cruz deambuló moreno durante la década de los 90 por el centro de la capital onubense, con el paso compulsivo de los que ven cambiar a todo y a todos mientras sonríen/lloran con la socarronería del olvidado: ellos son los inmortales. La historia negra y costumbrista de las ciudades, sin subvenciones a fondo perdido ni pensiones restrictivas de gobiernos con corbata. Y así, durante muchos años, formó parte de la fisonomía y el mobiliario urbano como muchos otros actores de escenas inmortales, supervivientes de la enfermedad y la droga.
El niño Miguel (tras someterse a un tratamiento de desintoxicación) regresó a los escenarios a partir del 2000. Del olvido al homenaje. Y recibió los aplausos de luz artificial; lleno hasta reventar el Teatro Central de Sevilla (2011), gala homenaje de multitud de artistas en el Palacio de los Deportes de Huelva (2009) y una plaza en esta ciudad que hoy lleva su nombre.
Pero ahora, rodeado de algunos amigos y familiares, y sin aplausos, ha fallecido el personaje que la vida maltrató. La mala suerte o el bendito azar se despidió del mundo en la cama aséptica de un hospital; el único lugar en el que todos somos iguales: los olvidados y los homenajeados.

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